jueves, 23 de octubre de 2008

Primera redacción de Pablito.



Vivo en un desierto sin paredes, hablo con las alimañas, tengo un carrito. Un objeto metálico, rodante y perfecto que la civilización que lo ideó no valora suficiente. Los venden por un solo euro en cualquier supermercado. En algunos puedes encontrarlos hasta por la mitad. Ni siquiera tienen la decencia de colocarlos en el interior, en el aparador adecuado, con la iluminación precisa. Los abandonan fuera, a la intemperie, copulando unos con otros sobre el asfalto desconchado del parking. Y qué hace la gente. Claro, los devuelve. La gente es muy lista y al mismo tiempo muy estúpida. La gente piensa: ya he acabado mi compra y además nadie me ve, así que dejo el carrito. Es un muerto en casa y, total, la próxima vez puedo comprar otro por un euro y devolverlo sin que me vean. No se da cuenta de la desfachatez, del desperdicio, del trabajo y la sangre de seres humanos que ha tenido que emplearse en esa maravilla de alambre geométrico con ruedas de caucho. La gente no se da cuenta de lo importantes que son las cosas importantes.
Por eso merece morir.

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1 comentario:

Exilio Voluntario dijo...

No sé si se da cuenta de lo inquietantes que resultan casi siempre sus micros..

Desasosegantes. Sí... Una palabra que siempre me fascinó y que parece hecha para usted y sus escritos.

Gracias por el torbellino suave que me despierta entre ombligo y pecho.