lunes, 29 de diciembre de 2008

Romeo.


Ebrio de amor y otras sustancias, trepé a tu balcón por darte una sorpresa.
«Una vida sin romanticismo no merece la pena», solías decir, pero resbalé en el último momento.
Cuatro pisos de alarido antes de estrellarme contra el hormigón.
Convalecí, no se cuánto…. Convalecí hasta que el tiempo dejó de tener sentido.
Un día dijiste: «No podemos continuar así».
Habías encontrado a otro. Tal vez menos romántico. Aunque más entero.


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1 comentario:

Exilio Voluntario dijo...

El colmo del romanticismo, entonces, no es que se te rompa el corazón sino que se te rompa la espina dorsal por tu amor.

Cosas veredes...

Sus micro-historias son un maxi-placer, Don.

Gracias.