martes, 12 de julio de 2011

Verdadero Principio de la Revolución Industrial.



El gran salón se ilumina. Los invitados bailan. La princesa aparece con su vestido infinito y su sonrisa deslumbrante. Las reverencias acompañan sus pasos. Su reflejo se alarga sobre el suelo pulido. Sus ojos se posan en afortunados que se sobrecogen en suspiros e infartos.
La reina madre la aguarda orgullosa en el trono. Mientras sube los siete escalones, llueven pétalos. La princesa se reclina en movimiento acompasado y alza una mano de dedos finísimos. Otros ciento dos muchachos caen fulminados ante el gesto.
Las trompetas anuncian el comienzo de la audiencia. Valientes caballeros, de nombres tan extensos como sus propiedades, tratan de hacerse valer ante la bella. Son tan elocuentes sus palabras como nobles sus blasones, sus ropas y sus gestos, pero  fallan cuando la reina madre solicita que miren a los ojos de su hija. Su cuerpo queda rígido, se desploma y se hace añicos.
La ceremonia de pedida concluye un año más sin candidato. Las ancianas barren cuerpos mientras la bella princesa llora desconsolada.
Safe Creative #1107129664300

Fotografía: V. McBride.

2 comentarios:

Miguel Baquero dijo...

Era el basilisco, me parece, el que dejaba a la gente de piedra, o fulminada, con su mirada

Fernando Remitente. dijo...

No hay tanta diferencia entre una cosa y otra, Miguel. No hay tanta diferencia.