—No creo en fantasmas, pero
me dan miedo.
El comentario es celebrado
con risas. La guía sigue ascendiendo escalones.
Los cuarenta y nueve
turistas admiramos las antorchas, los tapices, las cabezas de animales extintos
y las inquietantes esculturas que justifican la incursión del castillo en la
Ruta del Misterio y el Terror.
—Por otra parte, tampoco a
los fantasmas les importa si crees en ellos o no.
Y antes de que nos dé tiempo
a preguntar qué quiere decir, la guía desaparece filtrándose por la pared.
