jueves, 23 de septiembre de 2010

Suspiro.


A Ricardo no le gustaba, pero no podía evitar follársela.
Él mismo lo decía: me cae mal. Es una pija redomada y, físicamente, tampoco es nada del otro mundo.
Pero para su desesperación siempre acababan en la cama, echando unos polvos entre el dolor y la cámara lenta que, para colmo, le irritaban la polla durante semanas.
Y lo mejor es que a Aurora le ocurría lo mismo. Ricardo le parecía feo, insulso, pagado de sí mismo y menos profundo que un charco. Ni siquiera su polla le gustaba especialmente. Era normalita, decía, y por lo general no demasiado animada.
Por si fuera poco, le provocaba infecciones vaginales que la obligaban a tomar antibióticos durante semanas.
El resto del tiempo se trataban con frialdad, displicencia, e incluso una pizca de desprecio. Tampoco se sobrepasaban, claro. Supongo que no puedes decirle algo demasiado fuerte a alguien en quien no sabes si vas a estar metido tres minutos más tarde.
Lo que no me explico es cómo voy por el tercer trámite de divorcio mientras ellos celebran diez años de feliz matrimonio.

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5 comentarios:

Miguel Baquero dijo...

Anda que no existen parejas que aguantan así hasta el final y, cuando se quieren dar cuenta, reslta que se necesitan el uno al otro y sienten cariño hacia el contrario

Propílogo dijo...

Genial, Fernando. Cuando llegamos al final de una enorme y divertida ironía, resulta que es la vida misma.
Felicidades.

micromios dijo...

A falta de amor buenos son polvos.
Buen relato.
Salut

Fernando Remitente. dijo...

Al amor se puede llegar por tantos caminos que a veces, cuando llegas, resulta que no tenían nada que ver con el amor.

Muchas gracias.

budoson dijo...

Una lección de vida, sí señor.