miércoles, 15 de junio de 2011

Fiesta de la Democracia.


Los aplausos no cesan. Las banderas abarcan la avenida como una hoguera infinita.
El hasta ahora candidato levanta los brazos en señal de victoria.
–No he ganado yo –dice–: ¡ganáis vosotros!
Aunque, inevitablemente, es su cara la que se agiganta en las pantallas mientras los miles de cabezas son un borrón, una mancha vociferante con su nombre por grito.
–¡Presidente! ¡Presidente! ¡Presidente!
Su antiguo profesor, mentor y ahora asesor personal tamborilea sobre la esfera del reloj.
–Señor presidente, son más de las dos...
La última ovación. El último ramo. La última foto con los brazos alzados. Las últimas palmadas en la espalda, los últimos besos y apretones de manos hasta el ascensor.
–Los guardaespaldas esperan en el garaje –aclara el asesor, aunque el hasta hoy candidato no había reparado en la ausencia.
Lo que no ve por ninguna parte es su robusto vehículo alemán, dieciséis toneladas de blindaje.
–Por aquí –casi ordena el asesor sin que le dé tiempo a abrir boca.
Al fondo hay una limusina con los faros encendidos.
–No parece buena idea... –argumenta el recién elegido presidente, pensando en la austeridad que prometió a sus votantes.
–Entre –ordena el asesor. Sin casi.
Dentro de la limusina aguardan tres ancianos. El ahora presidente está tan seguro de que son extranjeros como de que no son sus guardaespaldas.
–Permita que me presente –dice el que parece más anciano y más extranjero–: soy el presidente de este país.

Safe Creative #1106149467939

Fotografía: Southworth & Hawes.

3 comentarios:

Pedro Alonso dijo...

La realidad desvelada. Magnífico relato acerca de la mano invisible que maneja los hilos del poder. Ahora entiendo por qué no hay gran diferencia entre un gobierno de izquierdas y otro de derechas. Saludos.

Fernando Remitente. dijo...

Hombre, Pedro, yo creo que diferencias entre un gobierno de izquierdas y uno de derechas sí las hay. Entre lo que no parece haberlas es entre un gobierno de derechas y otro que dice ser de izquierdas cuando no lo es. Sirva España de ejemplo.

Un saludo.

vittt dijo...

si no estuviera tan entusiasmado por el cuento, estaría horrorizado porque lo que cuenta es cierto.