miércoles, 24 de agosto de 2011

Correspondencia.

Quise a una mujer, pero ella se empeñó en no quererme. Hasta el punto de apuntarlo en sus post-it de tareas e incluirlo entre sus dos únicos principios:
Ser honesta.
Y no quererle.
Puedo atestiguar que fue perseverante en su objetivo. Ni uno solo de entre los días, meses y años que estuvo viva torció su política.
Siquiera en su lecho de muerte —donde acudí, cómo no, a intentarlo por última vez— cambió de parecer.
Si obtuve el consuelo de que reconoció que era el hombre al que más tiempo y pasión había dedicado.
Eso basta.
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7 comentarios:

Pedro Sánchez Negreira dijo...

Mi hace pensar que el desamor requiere la misma intensidad que el amor, para ser bueno, digo.

De hecho, ¿No suelen ser más intensas las canciones de desamor?

Estupendo micro.

Enhorabuena.

Puck dijo...

Le dedicó más que muchas "amorosas" parejas se dedican a sí mismas. Muy bueno.
Saludillos

Susana Camps dijo...

Fenomemal modo mínimo de describir una situación máxima. Porque es cierto que esto existe. Me ha gustado mucho.
Abrazos.

Susana Camps

vittt dijo...

a menudo dedicamos esfuerzos titánicos, y vanos, en no amarla. hablo por mí.

Isabel Mª González dijo...

Muy bueno, Fernando. Un saludo.

Irene dijo...

Genial!

Fernando Remitente. dijo...

Una de las conclusiones de la película "El ladrón de orquídeas" es que uno no es lo que le ama, sino lo que ama. El protagonista de este relato ha hecho de esa frase su fe.

Señoras, caballeros, me alegro de que les haya gustado.