lunes, 26 de marzo de 2012

Cuento de hadas.


Don Juan Carlos y Doña Sofía se conocieron en el crucero Agamenón, en un viaje organizado por la madre de Sofía, Doña Federica, a la sazón reina de Grecia.
Una travesía con marco en forma de corazón que pretendía ser la cita a ciegas de la sangre azul reinante o en el exilio, ciento diez casas de rancio apellido cuyo destino emparentaba o emparentó con el de la mismísima tierra.
Los herederos no llevaban, hubiera sido una vulgaridad, la etiqueta con el precio, aunque sí un desplegable con el total de sus títulos, que incluía fotografías aéreas de sus reinados y posesiones y, en letra más pequeña, el discreto prospecto de posibles enfermedades de trasmisión hereditaria.
Don Juan Carlos y Doña Sofía no vivieron el típico flechazo. La futura reina era más bien germana, tímida y discreta, mientras que el futuro rey se las daba de latino, bailongo y conquistador. 
El Borbón, digámoslo ya, gustaba de alternar venezolanas con brasileñas, además de mantener relaciones con la princesa María Gabriela de Saboya, quien tomaba el sol en aquel mismo barco, fresca y al mismo tiempo caliente, mientras Doña Sofía estaba a verlas venir entre la disciplina prusiana de su madre y ese segundón del Duque de Kent.
No. No hubo cosquilleo ni mariposas en el estómago ni ojos brillantes en el primer encuentro: Doña Sofía le hizo una llave de judo a Don Juan Carlos y él aprovechó para magrearla un poco en el suelo. 
No debió impresionarle lo que tanteó puesto que, entrevistado con el paso de los años, Don Juan Carlos no era capaz de recordar si Doña Sofía estaba o no estaba allí, compartiendo cubierta con la rubia y ardiente de Saboya.
Hay quien asegura que hubiera sido mejor para Doña Sofía que su relación se hubiera estancado en ese punto, no avanzar más en el conocimiento de aquel muchacho gamberro y más tarde coronado.
Claro que también hay quien asegura que hubiera sido mejor para la humanidad que el Agamenón chocara contra un iceberg o un torpedo,  devolviendo a tanto parásito a ese fondo del mar de donde, dicen, procede toda la vida.

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4 comentarios:

Anita Dinamita dijo...

Qué buen final, el del iceberg, aunque en mi caso optaría por el torpedo.
Me los imagino tal como lo cuentas, aunque supongo que tiene tanto de verdad...
Un abrazo

Rosana dijo...

Jaja Fernando, sin pelos en la lengua ni andarse por las ramas.

¡Bien!

Yo siempre digo que lo de los reyes y princesas es cosa ya de la edad mdia y de los cuentos, pero de cuentos muy realistas como este, no los pastelosos de Disney.

Salut y república

Elysa dijo...

Lo del torpedo hubiera dado mejor resultado. ¡Lástima!

Fernando Remitente. dijo...

Allí están ellos, ejemplo para todos los españoles y las españolas y hasta para el resto de ciudadanos del mundo (que tienen la desgracia de no ser españoles). No debemos cansarnos pues de glosar sus aventuras, ya que la prensa al uso nos priva de saber, por ejemplo, que la reína es una experta judoka y quién sabe si hasta una superheroina.

Un saludo. Y gracias por pasar por aquí.