Llegaba a casa bien
entrado el día siguiente, la velocidad esculpida en el rostro, las pupilas más
grandes que los ojos.
Volvía de un
psiquiátrico, un acantilado, un cuartel militar o una iglesia abandonada que los
jóvenes de mi ciudad habían transformado en un apocalipsis de música veloz y
droga al por mayor.
El colchón no siempre
se mantenía sujeto a las leyes de la gravedad y, cuando cerraba los ojos,
seguía escuchando el zumbido de un bombo a 4x4 en el interior de mi cabeza; el
bum-bum interminable que funde en una todas las canciones del techno.
Sobre él acoplaban los
sonidos cotidianos: golpes, gritos, grifos, ascensores, lavadoras,
claxons, frenazos y sirenas fluctuaban entre el oído izquierdo y el
derecho.
No era momento de
detenerse a pensar en las semejanzas entre techno y microficción. Ambos géneros
aspiran a reducir la historia de sus respectivos artes a la mínima expresión.
Ambos tienen vocación de fundirse y desaparecer con y entre otras obras. Ambos
construyen, con elementos tomados de fuera, artefactos que aspiran a contener y
devorar el mundo entero.
No. No era momento de
detenerse a pensarlo.