jueves, 31 de mayo de 2012

Vocación Mínima.


Entre las cosas que más me irritaban mientras me hacía mayor figuraban las amenazas camufladas de halagos, siempre formuladas en forma de sagaces consejos. Durante la adolescencia, el estribillo constante que esos dioses con pies de barro me dirigieron era que, siendo yo una persona inteligente, progresaría en la vida si pasaba por el aro. En las mentes de estos césares de serrín, la inteligencia era la habilidad para entender que quienes no se inclinaban ante el Gran Dios de la Autoridad son los que peor parados salen al mundo “adulto”. Crecí en un momento en que había empleo en abundancia y el hecho de que a la edad de diecisiete ya reivindicara felizmente el bienestar se convirtió para mis antiguos profesores en una clara ilustración del destino de quienes rechazan seguir imperativos. Perplejos por completo frente al tedio de sus aburridas vidas, semejantes bufones imaginaban en vano que podrían condenarme, al carecer yo de sus humildes ambiciones ni desear un trabajo estable. Me interesaban más los proyectos grandiosos, como acabar con el capitalismo, y de ese modo transformar la vida de este planeta en algo que de verdad mereciese la pena.

Tomado de Memphis Underground, de Stewart Home.


2 comentarios:

Nicolás Jarque dijo...

Fernando, no es sencillo cambiar un mundo que no se deja cambiar, estamos tan apegados a nuestras "posesiones" que aunque suframos para mantenerlas, lo del resto nos da igual. Han sido muchos años aleccionándonos. El cambio de mentalidad, si se produce, será radical y puede que con violencia.

Un abrazo.

Fernando Remitente. dijo...

Nadie dijo que fuera sencillo, Nicolás. Lo que sí es, es necesario.

Salud.