lunes, 8 de octubre de 2012

11.


No conocía «El Dinosaurio». Ni a Arrelola. Ni sabía que Borges había escrito microrrelatos.
Internet no se había popularizado aún para uso doméstico ni el género había afrontado la explosión que —para bien y para mal— sufriría años más tarde.
Aterricé en la microficción por una colisión natural de necesidad y urgencia. Escribir era para mí una forma de ver el mundo, pero mi vida se debatía entre el caos y el trabajo a deshoras. Contar lo máximo que se pueda contar con el mínimo de palabras fue más una consecuencia que una intención, menos un reto que una forma de rendición a lo inevitable.
Cuando se popularizó internet y, de rebote, el género de la microficción, comprendí la existencia de una suerte de conciencia global; a lo largo y ancho del planeta había cientos o miles de personas a los que les sucedía lo mismo que a mí: habían contraído la bendita enfermedad de narrar sobre un mundo que se hacía pedazos.
Safe Creative #1210082476283

2 comentarios:

Pedro Sánchez Negreira dijo...

Me alegra compartir dolencia con usted, Don Fernando.

Insisto en que se le echa de menos.

Un abrazo,

Fernando Remitente. dijo...

Muchos enfermos, Pedro. Y gracias. Procuraré estar más presente.