Óscar era el preferido del abuelo, pero un día recibió un tortazo por coger una loncha de jamón york con la mano y hubo que llamar a los vecinos para que les separaran.
El abuelo no volvió a tener preferidos. Ni nosotros abuelo.
Nos recibe con cara de contento y nos revuelve el pelo, pero me quedo atrás.
No es una anciana desagradable. Huele a pastel recién hecho, su piel es luminosa, y tiene una voz tan dulce que hasta los pájaros revolotean a su alrededor.
Lo que me lleva a desconfiar es su casa: ladrillos de chocolate engarzados con guindas, marcos de regaliz, zócalos de gominola y tejas de caramelo. En cualquier momento se derretirá, atrapándonos sin remedio.